La preponderancia de las virtudes humanas es un ámbito difícil de conciliar.
Filósofos, pensadores, escritores, poetas, han intentado ponderarlas.
En cualquiera de los casos, dependiendo de sus lentes, han puesto una u otra como base fundamental de la existencia plena y armoniosa de las personas.
Amén de lo expuesto, y más allá de nuestras propias opiniones fundadas o no, existe un común acuerdo, que la virtud de ser humilde es una piedra fundacional y social. Lo que no quiere decir, que exista del mismo modo, una marcada y compartida vocación por ponerla en práctica.
El genial escritor del Quijote, Miguel de Cervantes Saavedra, nos dice en su obra, Coloquio de los Perros:
La humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea.
Humildad, es una palabra que tiene un origen en el humus, o sea la tierra.
Ese basamento, le ha conferido a lo largo del devenir histórico, dos acepciones:
- La posición económica de los pobres y desfavorecidos (pobres de la tierra). Una persona humilde, en este sentido, es alguien que proviene de un hogar de escasos recursos y sin mayores posibilidades de prosperar.
- Una cualidad de la persona que se pone en igualdad frente a los demás, porque reconoce la ecuánime dignidad de cada ser humano en tanto que todos vienen «de la tierra». Este último sentido hace de la humildad una actitud relacionada con la virtud de la modestia o sea la capacidad de restar importancia a los propios logros y virtudes y de reconocer sus defectos y errores.
Algunos conceptos interesantes y vinculados con la valoración que hacemos de la humildad:
Una persona que actúa con humildad no tiene complejos de superioridad, ni tiene la necesidad de estar recordándoles constantemente a los demás sus éxitos y logros; mucho menos los usa para pisotear a las personas de su entorno. En este sentido, la humildad es un valor opuesto a la soberbia.
La humildad puede ser una cualidad humana independiente de la posición económica o social: una persona humilde no pretende estar por encima ni por debajo de nadie, sino que sabe que todos somos iguales, y nuestra existencia tiene el mismo grado de dignidad. De allí que ser humilde no implique dejarse humillar, pues la humildad no supone una renuncia a la dignidad propia como personas.
A través de las definiciones podemos distinguirla, primer eslabón para identificarla, pero los ejemplos y hechos concretos, terminan de darle forma.
Vamos de lleno a la segunda acepción de humilde (cómo antónimo de soberbio), la que nos vincula con el reconocimiento del otro, y la que nos limita las ínfulas de los aciertos, y nos hace mirar nuestros errores.
En mi caso personal, he conocido personas modestas y humildes, en grado superlativo.
La pequeña reseña biografíca que les voy a relatar a continuación, contiene aspectos insoslayables a la hora de ser humilde.
Chiría, el encantador de abejas
Contigua a la quinta familiar, separada por el canal de riego mayor, que proveía de frescura y agua a las tierras cultivables, se encontraba el vivero de Don Avellaneda.
Así era conocido, el pedazo de tierra de poco más de dos hectáreas, cuya especialidad eran las rosas, y otras plantas ornamentales.
Su casero, cuidador, artífice, obrero y apicultor, el longilíneo Chiría.
De edad indescifrable, andar y manos incansables, Chiría era capaz de cultivar la más linda rosa (de colores exquisitos y fortaleza sin igual), tener las mejores gallinas ponedoras, conejos, tomates, hortalizas, nueces, castañas, naranjas, limas, quinotos, duraznos, ciruelas y extraer una miel exquisita de sus queridas colmenas.
Una lista interminable de productos que cosechaba, y compartía sin problemas con todos los vecinos, y con todo aquel que le pidiera.
Chiría no pedía nada a cambio.
Soltero, sin hijos, era el tío-padrino de muchos de los niños del lugar.
Los secretos de su encanto, eran una amplia sonrisa, escasas palabras, ademanes suaves, como pidiendo permiso, y unos exquisitos caramelos de miel y néctar que él mismo hacía y regalaba a los críos.
Su vivienda y el contenido de la misma, incluían sólo lo indispensable.
Chiría se proveía en gran parte de lo que la tierra le daba, no necesitaba más que eso.
Según sus palabras:
«Don Avellaneda, me trae café y algo de carne de vaca, el resto me lo proveo yo, ya que no necesito mucho para vivir, sólo cultivar las rosas, sembrar, cosechar y cuidar mis colmenas».
La ropa la conseguía haciendo trueque con su miel.
Cuando abandoné la quinta a los 22 años, para vivir en la ciudad, dejé de verlo con frecuencia.
En esa época, aún no tenía ningún problema de salud, y seguía haciendo una jornada extendida, de lunes a lunes, que arrancaba con las primeras luces del alba.
Sombrero de ala ancha para protegerse del sol, camisas manga larga, pantalones de grafa, alpargatas y pañuelo al cuello. Con esa misma vestimenta, apenas una máscara de red en la cara, que a decir verdad no protegía mucho, intervenía las colmenas para sacar la miel.
Era increíble ver cómo lo hacía. Un ritual, de cuidado extremo, sin ninguna protección, lento, pausado, con un timing que no encolerizaba a los insectos hacedores de dulzura. El secreto es que no perciban una amenaza para la reina, solía comentar.
Creo que durante todos los años que lo observé extrayendo miel, fue aguijoneado en raras ocasiones. Sus intervenciones eran profundas, ya que se requería sacar los cuadros de miel, sin molestar a la reina y sus cuadros de cría.
Chiría, el humilde encantador de abejas.
Hombre que acaparaba toda la modestia posible, con un corazón dispuesto a dar y ayudar a quien fuera.
Sus manos hacían, hacían y hacían.
Apenas con una instrucción básica recibida en la escuela primaria, que no había terminado, era coherente con sus principios.
Humildad, trabajo y servicio, vocación de vivir con lo necesario y no mucho más.
Unido a la naturaleza y a la tierra, en contacto con el HUMUS.
Vivió hasta una edad avanzada desprovisto de grandes pretensiones y con grandes motivaciones para generar su propia realidad.
Chiría, sus abejas y su miel.