ODIO

Pedro se levantó esa mañana, pleno de esa sensación de triunfo por lo sucedido.

Su resentimiento se había transformado en odio; de este sobrevino la bronca incontrolada, que hizo que rayara con una punta filosa el auto de su vecino.

Nadie lo había visto, pero él se había visto a sí mismo.

No eran nuevos sus enojos. El vecino lo había enfurecido, desde el mismo momento en que le pidió, según él de mala manera, que no escuchará música a tan alto volumen.

Parece que hubiera sucedido hoy, sin embargo, aconteció hace ya varias semanas.

Una siesta, alguien tocó su puerta bastante fuerte. Al abrir se encontró con su vecino, que lo miraba algo enojado. Les costaba escucharse, dado el sonido estridente que brotaba por todos lados.

Vecino: ¿Podes bajar la música? No podemos dormir y hemos pasado una mala noche con uno de los chicos

Pedro: No está fuerte. Yo no tengo la culpa si tu habitación está cerca.

Vecino: Te parece que no está fuerte, si casi estamos gritando.

Pedro: No seas exagerado. Usa tapones entonces.

Vecino: Hace como quieras. En un rato llamo a la Policía.

El vecino se dio vuelta y se marchó a su casa.

Pedro quedó mascando bronca. ¿Qué le pasa a este tipo? ¿Quién es él para decirme lo que tengo que hacer?

Bajó el volumen de la música, no sin antes dejarla unos cinco minutos a un nivel bastante más elevado, que hacía retumbar los vidrios.

La policía no llegó. No viene al caso, ya que desde ese suceso no saludó más a su vecino.

Se sintió derrotado y abatido, por haberse sentido obligado a bajar el volumen.

A partir de entonces, el pensamiento de vengarse por su pérdida de libertad lo tuvo en vilo. Buscó el momento justo para hacerlo.

Observó y controló los movimientos rutinarios de su vecino. Engancharlo descuidado con algo.

Al fin, al cabo de tres semanas, vio la luz.

Auto nuevo, estacionado en la vereda. Hermoso color. Tiene buen gusto parece. ¿Cómo hace la guita? Pensó.

Sumó a su resentimiento la envidia, que complementó de maravillas, la decisión de revancha.

Estudió durante varios días cuál sería el mejor momento de ajar la pintura.

Vislumbró que la ocasión más oportuna era cuando su vecino llegaba a la tardecita de trabajar. Dejaba el auto un rato en la calle, capaz fuera por si necesitaba salir a comprar algo.

Fue a su taller. Allí afiló un tornillo del diámetro apropiado. El rayón en la pintura tenía que ser visible. Ni muy grande, ni muy chico, de carácter perceptible.

Lo hizo, de callado. Ahora, mirándose al espejo se sintió un ganador.

Como cuando le escribió groserías a esa mujer que lo había rechazado.

Como cuando le tiró el café a ese cliente, que le dejó de comprar.

Como cuando no quiso colaborar con la colecta para la hija del compañero con problemas de salud, porque el tenía otra idea distinta para ayudar. Una mejor porque era de él.

No llevaba registro del tiempo que empleaba viviendo sus resentimientos y enojos, pero sabía que era prolongado.

Rencor, odio, enojo, ira, violencia, convivían en Pedro como un coctel explosivo.

Esas emociones condicionaban su vida, pero él no lo sabía. No conocía otra manera de ser.

Aunque en pareja, por la cual profesaba un profundo amor, vivía en su propio mundo de prejuicios y superioridad. Era un antisocial modernizado y rebelde, obsesionado por luchar con lo que, según él, no coincidía con su clara visión.

Extracto de “Breves Historias de Aversión y Odio”.

La vida cotidiana nos ofrece ejemplos de situaciones parecidas, donde confluyen los mismos elementos.

No creo haya mortal sobre la tierra, que no haya sentido aversión por algo o alguien.

Una emoción que nos mantiene como esclavos, encerrados en ese sentimiento, que nos limita y nos hace sufrir.

Lo odiado se transforma en objeto de obsesión.

Muchas veces la persona objeto del rencor, ni está enterada de lo que pasa. No tiene idea de la emoción de la que es objeto. Por lo tanto, esa emoción paraliza o motiva sólo al que la siente.

Sería ingenuo pensar que no se puede sentir rencor ante una situación extrema. Por ejemplo, no sentir rechazo por el asesino de un ser querido. Incluso mandar al olvido ese hecho. Sin embargo, podemos coexistir poniendo conciencia sobre esa emoción invalidante, evitando que trastoque nuestra vida.

Quedarnos anclados en la animosidad o resquemor, nos produce un gasto de energía y dilapida nuestro tiempo y acciones, en cuestiones cuando menos improductivas y dañinas para uno mismo.

La antítesis del odio, es el amor, un sentimiento mucho más ligado a la oportunidad que nos brinda la vida de trascender.

Es muy común escuchar la expresión: del amor al odio. La desilusión de un querer traicionado, o no correspondido deja secuelas tales, que sobreviene el rencor.

El perdón nos aleja del resquemor, y es una declaración tan poderosa, que libera al que acepta el perdón solicitado, diciendo: Te perdono.

No articular acciones con personas que nos hacen daño, es una salida mucho más sana, que vivir preso del rencor.

A veces nos hay opciones, pero aún nos queda abierta la posibilidad de discernir, que los sentimientos o actitudes de otros no me pertenecen a mí, por lo tanto, no las elijo.

¿Cómo andas de rencores?

¿Cuál es tu resentimiento?

Víctor Hugo, aquel magistral escritor sentencia:

odio

En un sentido parecido Ghandi nos dice:

odio 3

Vos que tienes para decir?

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