Mi estrellado fracaso

A veces las estrellas simbolizan el éxito, pero no fue mi caso, durante aquellas jornadas veraniegas de 1998. Mi función como tecnólogo de procesos en una planta embotelladora, implicaba entre otras cosas el desarrollo y la modificación de las líneas de envasado para albergar nuevos formatos de botellas, algunas veces muy disimiles en forma, dimensiones y volúmenes.

Encargado de llevar adelante el proyecto de modificación de una de  las líneas de producción, incluyendo envasadora, etiquetadora y empaquetadora como máquinas principales,  el tiempo me estaba jugando una mala pasada, ya que la empresa necesitaba lanzar este nuevo formato antes de diciembre, decisión que había sido tomada a principios de noviembre. Presa del sí fácil, para no desentonar con las otras áreas que formaban parte del proyecto, durante varias reuniones de coordinación se iba generando el consenso de que se llegaba en tiempo y forma. Comercial, Marketing, Elaboraciones, Programación motorizaban y ponían fichas para el lanzamiento. Así fue que me sumé al positivismo general, y me dije a mi mismo: si todos pueden porque no se ha de poder?

En jornadas record sume proveedores mecánicos, eléctricos, entre otros. Para la fecha pautada de producción, las piezas estaban cada una en su máquina, dispuestas a producir la nueva bebida. Varios de los equipos habían sido probados, las que consideré más críticos, con la salvedad de la llenadora, la cual según mi criterio la resolvíamos de taquito. El cambio en ese equipo consistía fundamentalmente en el diseño de nuevas estrellas de transferencia entre varios elementos mecánicos más. Media hora después del arranque, no había sincronismo posible y habíamos abollado en la envasadora tantas botellas como pudimos. Decidimos parar y tratar de practicar los ajustes necesarios, pero los intentos fueron en vano. Tres horas después hube de admitir el fracaso y pedir quince días más para resolver el problema.

Para alentarme me decía que el 90 % del proceso funcionaba, y los detalles eran solucionables. Muchas de las personas que conformaban el proyecto estaban conformes, pero la realidad es que fue un rutilante fracaso ya que la empresa hubo de demorar por dos semanas el lanzamiento del producto. El mensaje no fue de buscar culpables sino de aprender de esto y me pidieron que luego de corregir y lanzar finalmente el producto, pudiera hacer un balance de lo sucedido para que sea transmitido a la empresa.

Así fue que pude distinguir algunos elementos claves, los cuales fuimos corrigiendo hasta el nuevo lanzamiento:

  • No escuche a personas experimentadas de mi equipo referido al diseño especial de la botella y sus consecuencias en los sistemas de transferencia.
  • No supe decir no aunque todos dijeran que sí.
  • Tuve exceso de confianza y minimicé varios aspectos.
  • Falto delegación de ciertos desarrollos.
  • Me falto un socio, un co-líder, que impulsara junto conmigo.

Al final de cuentas me sirvió para capitalizar aprendizaje, aunque les aseguro que ese período, hasta poder finalmente producir el nuevo formato, fue uno de los más intensos de mi vida. Un segundo lanzamiento fallido significaba un game over. 

Afortunadamente el nuevo producto vio la luz, dentro de variables normales de proceso: la renovada bebida salió al mercado dentro de su remozado envase. Pude respirar aliviado luego de superar la adversidad; sin embargo aún hoy recuerdo mi estrellado fracaso.

Por épocas se revitalizan palabras que hablan por sí solas. Hay casos en donde aparecen por pares y con un significado opuesto tal es el caso de éxito y su antónimo fracaso o viceversa. Estos conceptos nos acompañan desde tiempos inmemoriales aunque está bueno traerlos a menudo, y como quien dice, darles una vuelta, un rodeo, una mirada distinta. Es posible encontrar en las redes varios vídeos con presentaciones personales, o de equipo, donde se narran historias con final feliz, o con final no deseado, mostrando que de cualquiera de estas circunstancias se aprende.

Más allá de lo que se puede medir con números para dimensionar la relatividad del resultado positivo o negativo, existe una cuestión emocional y corporal, que no sólo afecta de manera individual, sino al conjunto de personas inmersas en el proceso de lograr algo. Poner foco en gestionar y conversar sobre el impacto anímico de no sentirnos los peores ni los mejores, es una de las cuestiones centrales: poner equilibrio en la balanza del más y el menos, usando la conciencia para poner alegría en la tristeza, y un poquito de mesura en la algarabía.

El ojito de cerradura por el cual te invité a ver, está plagado de aciertos, errores y otras cuestiones en las cuales no nos detenemos a pensar en términos de resultados.

La preguntas me surgen muy espontáneas:

  • Cuál fue tu estrellado fracaso?
  • Qué hiciste con él?

Mientras termino de escribir, introduzco el corrector de ortografía……

Me muestra que no estuve al 100 %……

Ojala tuviéramos ese corrector en todo…..

Mientras no nos queda más que aceptar nuestra humanidad…..

 

 

 

 

2 comentarios en “Mi estrellado fracaso”

  1. Marce, parto de tu ultima frase: «Mientras no nos queda más que aceptar nuestra humanidad…..» Yo lo veo exactamente desde el ángulo opuesto: DISFRUTO el no ser perfecta, es decir, disfruto mi humanidad, porque DISFRUTO el aprendizaje de cada fracaso! Porque por suerte fracasamos diariamente, fracasamos sintiendo miedo, sintiendo angustia, sintiendo inseguridad, sintiéndonos «menos» o con nuestro ego herido… y para mi, estos sentimientos/emociones son nuestros indicadores que nos dicen: acá tenés la oportunidad de crecer, de encontrarnos cada vez mas con nosotros mismos y subir en cada una de estas oportunidades un escalón hacia el centro de nuestro corazón/consciencia….

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