El ratón de biblioteca aprende a ser confiable

Arranco esta reseña contando que mi Papá se llama Ramón. El no habita físicamente este mundo desde el 30 de julio de 1990. El Pato, que era su apodo, tomaba algunas decisiones que podían resultar controversiales, respecto de lo que era conveniente o no,  para la educación de sus hijos.

Una de ellas fue que no tuvimos televisión sino hasta casi mis dieciocho años. No recuerdo que nos haya explicado el por qué, lo que sí registro, es que esta falta, era una oportunidad que nos mantenía intensamente unidos a la quinta donde vivíamos, a través de juegos, caminatas, aventuras, cultivo de hortalizas y frutos, crianza de conejos, gallinas, cerdos. En suma un mundo ligado a la tierra y sus infinitos tesoros.

Parece que fuese ahora, en este momento ,  cuando nos decía, abierta e insistentemente, que la lectura sirve para desarrollar nuestra creatividad y pensamiento reflexivo; caigo en la cuenta que más que una causa, había un para qué.

Esta breve presentación es el telón de fondo, para conocer uno de los motivos,  por los cuales el niño Marcelo se transformó en un ávido y profuso lector.

En la escuela primaria a la que concurrí, no había una biblioteca. Era mi Papá Ramón el encargado de proveer a mí y a mi hermana , de cuanto podía y estaba a su alcance, en pos de generar y acrecentar en nosotros el hábito de la lectura. Fue así que tuvimos varias colecciones de libros infantiles. La frutilla del postre,  veinticuatro gordos y bien ilustrados volúmenes de la Enciclopedia Británica en castellano. La misma fue casi memorizada por mí, en muchas tardes de intensa lectura.

Ya durante mi adolescencia tuve la buenaventura de concurrir a un colegio secundario, donde sí existía una biblioteca conformada; esto fue determinante para que en ese período, me transformara en un ratón de biblioteca. No creo necesario explicar el término, ya que resulta evidente que el adolescente y por cierto rebelde Marcelo, pasaba a diario varios horas de su tiempo en ese lugar,  con la finalidad de buscar y conseguir los más variados textos, del género que fuesen, novelas, filosofía, cuentos, narraciones, devorando minuto a minuto esas lecturas con mucha pasión.

Aquí, en esta parte de la historia, es  donde aparece otra figura central que me animaba a leer cada día más. Una bibliotecaria con un sentido concreto y palpable de que los libros no le pertenecían sino a los lectores;  su razón de ser era que ellos nacieron para ser leídos.

Lo sustancial es que existía un límite máximo de libros semanales que podían ser extraídos para llevar a casa, y dado que ese número resultaba insuficiente para mí, esta señora me los daba, sin que esos préstamos figuren en el registro formal. Fue así que con la confianza en mi palabra y mis acciones , ella colaboró abiertamente en desarrollar mi devoción por la lectura. Jornada tras jornada, yo recibía, leía  y devolvía volúmenes de los temas y géneros más disímiles, con la sola y hermosa condición de ser confiable para ella.

Hoy distingo de forma más palpable, esta palabra mágica que es la confianza. Aquella que nos une desde pequeños a nuestros padres, en los cuales confiamos instintivamente; en mi caso y como muestra de ello,  dando autoridad a mi Papá y su decisión de no proveernos de una caja de televisión. Posteriormente en una situación más de consciencia, se desarrolla en diversas relaciones y dominios de nuestras vidas, tejiendo una red de compromisos , palabras dadas y empeñadas, basadas en esta cuerda o lazo que nos une.

Confianza en uno mismo, confianza dada y confianza recibida, necesitan de personas comprometidas con las acciones y hechos, que sustentan juicios en nosotros mismos y los demás, que nos posibilitan ser confiables y confiados,  sin caer en la ingenuidad, ni en la desconfianza.

Se puede partir de una posición de desconfianza o una posición de confianza, y existe una palabra que equilibra esto y se llama prudencia. La confianza se construye, se mantiene, se alimenta con nuestras actos.

Por este ojito de cerradura (bocallave) los invito a compartir y dilucidar la visión que tenemos de la confianza.

Cada uno posee ejemplos parecidos a los del relato, para significar que es ser confiable, a dónde nos lleva;  para representar que es ser confiado, que nos permite y que permiso otorga a los demás.

La comunidad que conlleva esta palabra, tiene muchas aristas entrelazadas y  humanamente ricas. Si mi juicio fundamentado o no, sobre algo a alguien, dice que puedo confiar entonces confío. Se construye tanto a partir de esta simple palabra.

Me pregunto y te pregunto:

En qué ámbito de nuestras vidas somos confiables, en cuales confiados?

Cuál es tu relación de equilibrio entre confianza y desconfianza?

Qué cualidades o valores personales y sociales cimentan tu confianza?

La lista de preguntas puede resultar interminable. Las respuestas, tantas y tan válidas como variadas, dependen del proceso cultural donde estemos inmersos.

Nos invito a revisar los mecanismos por los cuales confiamos , las acciones por las cuales resultamos confiables para los demás.

Nos convido a salir del piloto automático, en esto de juzgar para confiar o no confiar.

Bienvenido al desafío.

7 comentarios en “El ratón de biblioteca aprende a ser confiable”

  1. Hermoso. Profundo. Una pequeña gran parte de mi vida coincide con esta historia…la lectura.
    El crecer con confianza en los otros y siendo confiable no es tarea fàcil….
    Gracias.

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  2. Para mi la «confianza» esta completamente ligada a la Sinceridad, la Expectativa y la Aceptación. Porque muchas veces no actuamos en función de las expectativas que los demás depositan o proyectan en nosotros (o las expectativas que nosotros mismos proyectamos en nosotros), y por ende, pasamos a ser «no-confiables»… pero esto para mi es ser «no-predecibles», y para ser Confiables (más allá de ser no-predecibles) lo vital es ser Sinceros con los demás y con nosotros mismos, y finalmente Confiar en nosotros y Aceptarnos.
    Gracias una vez mas Marcelo, por este hermoso llamado a la reflexión! Tan necesaria en nuestro día a día!…

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